De nuevo la Guerra, 3 razones para decir NO

Cuando se intenta combatir la guerra con más guerra, difícilmente se puede conseguir paz a corto plazo. No hay que irse muy lejos para ver un claro ejemplo, Siria lleva años sumida en un conflicto que ya ha dejado más de 310.000 muertos y todavía no se vislumbra un alto el fuego. De un bando, la necesidad de instaurar un cambio hacia una postura radical e interesada, del otro, la necesidad de mantener la que les beneficia a ellos, ¿el resultado? Sangre, pánico y desequilibrio.

Seamos serios, ¿quién se beneficia de todo esto?

1. Participar en una guerra, ¿a qué precio?

Hablamos de “participar”, porque, independientemente de quién gane o pierda, el resultado es igual de desolador. Miles de soldados mueren por defender unos intereses que muchas veces no son ni suyos, otros tantos miles de civiles mueren simplemente por daños colaterales al intentar continuar con su vida, rodeados de la barbarie.

Además, hacer frente a una guerra exige una inversión millonaria: más guerra, más presupuesto, más armas, más soldados, más misiones, más leyes… más leña para un fuego que queremos apagar.

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Unicef Flickr

2. ¿Cuál es el resultado cuando por fin acaba?

Ambos bandos se enfrentan a la urgencia de reconstruir un país en ruinas, y no nos referimos únicamente a carreteras, viviendas, colegios, hospitales, y un larguísimo etcétera, sino también a la moral y la confianza de su población. La desestabilización económica y social posterior a una guerra es casi tan devastadora como la misma guerra y ¿para qué? En la mayoría de casos las heridas no se cierran, solo se imponen teóricas soluciones que siguen favoreciendo a uno de los bandos, sin trabajar sobre la raíz de un problema que siempre es más difícil de lo que nos cuentan.

3. La nueva configuración del mundo tras una guerra

¿Cómo está reaccionando el mundo ante el conflicto sirio, por nombrar el más actual? Olas de inmigrantes huyen arriesgando sus vidas para buscar asilo en países vecinos, los cuales deben poner en marcha medidas exprés de acogida y organización de recursos. Nada importa hasta que nos toca cerca, y entonces explota el conflicto. París es atacado, todo se pone patas arriba y comienza el baile: gasto millonario, alianzas, estrategias y necesidad de controlar la situación para volver al estado quo inicial. Vamos, que nada cambia.

Queremos algo más, merecemos algo más. Las guerras son irreversibles y sus consecuencias son arrastradas durante décadas por generaciones de personas que nada han tenido que ver. Hay que aprender de los errores del pasado y aprender a convivir en un planeta que es de todos, sin que impongamos ese “equilibrio injusto” que solo beneficia a unos pocos.