Los nuevos “Gitanos”

En mi infancia solían ser los gitanos. Bastaba con pertenecer a esa etnia para ser sospechoso; vivían de modo distinto, con códigos sociales diferentes, diferentes oficios modos de vida y a menudo eso bastaba. Si en una población donde hubiese un número significativo de ellos ocurría algún tipo de incidente se les miraba, por buena parte de la población, con sospecha prematura y, a menudo, infundada.

Hoy son los inmigrantes, ese numeroso y heterogéneo grupo de personas que identificamos con facilidad por sus rasgos y que suelen, como es normal, relacionarse de modo más frecuente entre ellos mismos. Esas personas que son de lejos, “que no son de los nuestros” como si la sola condición humana no bastase para igualarnos. Olvidamos deliberadamente que nosotros hemos sido, por circunstancias similares (humanitarias y económicas) emigrantes por medio mundo.

Enseguida levantamos falacias, miedos, rumores y verdades que no son sino mentiras cuando las extendemos como estigma sobre todos ellos. Así decimos cosas como: nos quitan el trabajo, colapsan la sanidad, todas las ayudas son para ellos, etc. Y hacemos de ello cátedra, pregonando una verdad que no se sino otra falacia más. Incluso con buena intención, haciendo piña con nuestros pobres que no lo serán más que otros, pero son nuestros. Una pena que no nos paremos a distinguir entre pobreza y miseria, entre dignidad e indignidad, entre vivir o morir.

El caso es que necesitamos esos “demonios de andar por casa” con los que consolar nuestros males. Es cómodo, utilitario y recurrimos a ello en un consenso vergonzante y falaz.

Queremos justicia y queremos que ésta no distinga sino entre inocentes y culpables, recen como recen, vitan como vistan o hablen como hablen. Queremos respeto, el de ellos a nosotros y el de nosotros a ellos como ha de ser entre seres humanos.