Nadie roba la esperanza

Venimos en los últimos tiempos palpando la desesperanza y digiriendo, como podemos, el mensaje inexorable de que las cosas no pueden ser de otro modo. Hemos dejado que algo tan extraño y lejano como eso que llaman ‘mercados’ sea quien determine el día a día de millones de personas. Olvidando metas conseguidas con imponderables sacrificios. Vivimos adormecidos por la mansedumbre de lo inevitable, por el mantra de lo posible. Se llama miedo y funciona siempre. ¿Veremos un mañana irreconocible, en el que nada de lo fundamental de tantas justas y logradas reivindicaciones, se vean satisfechas?

A eso vamos… ¿o no?… Hay que optar. Podemos resignarnos sin más o podemos trabajar por aquello que otros muchos hicieron posible. Debemos no renunciar al testigo y luchar por el futuro. Es tiempo de sacudirse la resignación, la abulia y el conformismo de los discursos pre-digeridos. Tiempo de creer en nosotros y renovar la fe en el esfuerzo y la capacidad transformadora de quienes empujan un empeño. Sin heroicidades ni inmolaciones, pero también, y sobre todo sin indiferencia y apatía por nada que no sea yo y lo mío.

Nadie roba la esperanza. No se puede robar algo tan íntimo y nosotros no vamos a permitir que suceda. Una esperanza comprometida en un viejo empeño que ni es nuestro ni nosotros concluiremos pero en el que seguiremos poniendo empeño mientras respiremos. Muchos dejaron todo en conseguir lo que tal vez hoy dilapidemos, no es justo.